
Es difícil intentar una respuesta breve a la pregunta que da título a este texto, sobre todo si se espera un respuesta categórica. Sin embargo, pensamos que para entender la violencia sexual masculina, es indispensable no perder de vista que los hombres llegamos a ser violentos a través de un proceso de imposición social violento en el que es necesario ser así para ser hombres. Esto quiere decir que los hombres aprendemos que:
o Necesitamos ser calificados como hombres.
o Es necesario ejercer poder frente a otros, principalmente las mujeres de nuestro entorno cercano; y
o En el aspecto sexual estos aprendizajes DEBEN ponerse a prueba para confirmar la hombría aún a costa de la propia seguridad o salud.
La sexualidad masculina adolescente está construida sobre la base de estos mandatos sociales. Estos son los andamios sobre los que se montan para construir una visión de sí como hombres suficientemente hombres. Según los estudiosos Fracher y Kimmel “es a través de nuestro entendimiento sobre lo que es ser un hombre que construimos la sexualidad, y es a través de nuestra sexualidad que comprobamos la construcción exitosa de nuestra identidad de género...[1]”.
Podemos afirmar que ser violentos también nos causa sufrimiento, miedo e inseguridad. Decir esto no implica quitarnos culpa ni responsabilidad, especialmente en casos de violencia sexual contra mujeres, sino reconocer que algunos hombres aceptan mantener este sistema de opresión y control buscando sentirse superiores a otros y por tanto con el derecho de ejercer violencia, buscando ser “cabalmente” hombres. Buscando probarlo y probárselo. Empobreciéndose en el camino, en muchos sentidos.
Es importante notar que bajo este sistema, basado en la opresión y que aparentemente nos beneficia, terminamos recibiendo la factura en nuestras vidas y nuestros cuerpos: desgastándolos, violentándolos, desprotegiéndolos, exponiéndonos a múltiples riesgos para demostrar “valentía” u “hombría”; o, simplemente, haciendo nuestras vidas más grises y menos productivas o ricas.
Como hombres, debemos pensar y revisar cuál es el nivel de participación que tenemos en el mantenimiento de estas estructuras, probablemente desgastadas pero aún presentes en nuestras vidas. No basta con decir y repetir que estamos cambiando y que ahora “las cosas son para las mujeres y hombres por igual”.
Especialmente en el terreno de la sexualidad aún tenemos mucho por aprender. Principalmente a escuchar. Como dicen mis compañeras feministas: “a los hombres, con un discurso de igualdad y equidad, hay que verlos en la casa... y en la cama”.
[1] Traducción mía.
o Necesitamos ser calificados como hombres.
o Es necesario ejercer poder frente a otros, principalmente las mujeres de nuestro entorno cercano; y
o En el aspecto sexual estos aprendizajes DEBEN ponerse a prueba para confirmar la hombría aún a costa de la propia seguridad o salud.
La sexualidad masculina adolescente está construida sobre la base de estos mandatos sociales. Estos son los andamios sobre los que se montan para construir una visión de sí como hombres suficientemente hombres. Según los estudiosos Fracher y Kimmel “es a través de nuestro entendimiento sobre lo que es ser un hombre que construimos la sexualidad, y es a través de nuestra sexualidad que comprobamos la construcción exitosa de nuestra identidad de género...[1]”.
Podemos afirmar que ser violentos también nos causa sufrimiento, miedo e inseguridad. Decir esto no implica quitarnos culpa ni responsabilidad, especialmente en casos de violencia sexual contra mujeres, sino reconocer que algunos hombres aceptan mantener este sistema de opresión y control buscando sentirse superiores a otros y por tanto con el derecho de ejercer violencia, buscando ser “cabalmente” hombres. Buscando probarlo y probárselo. Empobreciéndose en el camino, en muchos sentidos.
Es importante notar que bajo este sistema, basado en la opresión y que aparentemente nos beneficia, terminamos recibiendo la factura en nuestras vidas y nuestros cuerpos: desgastándolos, violentándolos, desprotegiéndolos, exponiéndonos a múltiples riesgos para demostrar “valentía” u “hombría”; o, simplemente, haciendo nuestras vidas más grises y menos productivas o ricas.
Como hombres, debemos pensar y revisar cuál es el nivel de participación que tenemos en el mantenimiento de estas estructuras, probablemente desgastadas pero aún presentes en nuestras vidas. No basta con decir y repetir que estamos cambiando y que ahora “las cosas son para las mujeres y hombres por igual”.
Especialmente en el terreno de la sexualidad aún tenemos mucho por aprender. Principalmente a escuchar. Como dicen mis compañeras feministas: “a los hombres, con un discurso de igualdad y equidad, hay que verlos en la casa... y en la cama”.
[1] Traducción mía.






